martes, 11 de junio de 2013

¿Y si el enojo es realmente una pérdida de tiempo?

Hace unos días me enojé con Rubén porque él se compró una Burger King y me trajo pollo grillé con ensalada.

Antes que lo odien por ser tan malvado al maltratarme de esa manera o que crean que me lanzó fuerte y claro un: “comé sano, vaca gorda”, voy a contextualizar la situación. Media hora antes me había preguntado qué quería cenar para ir a comprarlo y liberarme de la tarea de cocinar (ya sólo por eso es mi superhero). Le respondí con un clásico: “algo liviano, ya comí mucho hoy”. El lo entendió como cualquier hombre lo entendería: de manera LITERAL. Fue, me compró lo que pedí (algo aburridamente liviano) y él se compró lo que quería comer, una Burger King. No había intención maliciosa en su compra. De lo contrario, estaba cargada de buenas intenciones, amor y comprensión. Pero cuando abrí la bolsa, explotó en mi interior una mezcla de sorpresa, decepción e ira. Estaba muy molesta, no porque me haya traído algo liviano, sino porque él se había comprado algo que a mí me gustaba y según mi razonamiento femenino, él DEBÍA haber entendido que si se compraba algo “rico”, DEBÍA haberme traído lo mismo.

Le hice lo que toda mujer digna de ser mujer haría: una buena dosis de cara larga junto con el ya ultra conocido “castigo del silencio”. El trataba de entender la razón de mi enojo, preguntando en voz alta si la ensalada que eligió no me gustaba o si la porción de pollo era muy grande. Finalmente, en un acto desesperado por arreglar la situación me ofreció la mitad de su hamburguesa a cambio de la mitad de mi cena. Permanecí indiferente comiendo majestuosamente hasta el último arroz del plato. Para mi vergüenza, debo admitir que me acosté enojada. Para las 3 de mañana ya había vuelto en mí la razón y me preguntaba por qué rayos había actuado de manera tan estúpida. Por supuesto, Rubén dormía a pierna suelta, sin rastros de que aquella situación le haya afectado si quiera un poco. Por la mañana, actuó como si nada hubiera pasado y me dio el espacio necesario para armarme de valor y pedir perdón.

Muchas lecciones podríamos aprender de mi pésimo accionar pero quisiera concentrarme en la tremenda lección que mi esposo me viene enseñando día a día. Esa actitud que tiene la mayoría de los hombres que sospecho, es innata, ya que les viene de regalo por parte de Dios cuando nacen: su tremenda habilidad de no agrandar la situación ni tampoco de guardar rencor. Dos pecados que cargamos las féminas, al menos las de occidente.

Nosotras tenemos por costumbre armar tremendo lío de una pequeñísima situación mientras que ellos pueden pasar por encima como si nada. Nosotras recordamos día, hora, clima y lo que tenía puesto la persona que nos dijo algo hiriente, mientras que ellos pueden discutir a gritos un segundo y al otro estar jugando un partido de fútbol como viejos amigos. Somos complejas por naturaleza y ellos simples. Nos molestamos porque lo toman todo literal y esperamos que lean entre líneas cuando podríamos decir en voz alta bien claro: “quiero comer una Burger King por más que me sienta culpable después”. Si le hubiera dicho al principio lo que realmente quería decir, me hubiera ahorrado una mala noche, mal sueño y una mala digestión. Pero lo que más me molesta, es que perdí valiosas horas de estar bien con Rubén. Imagínenlo. Podíamos haber hablado, reído, visto una película o cualquier otra cosa en esa noche. Pero perdí tiempo que ya no puedo recuperar.


De todas las lecciones que aprendí de esta situación es esa la más importante. El enojo es sólo una pérdida de tiempo. La vida es muy corta para desperdiciarla en castigos de silencio, rencor y discusiones. Así que a partir de hoy quiero ser un poco más como Rubén y disfrutar cada segundo de la persona que tengo a mi lado.

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