lunes, 30 de marzo de 2015

Poema del hijo no nacido


Como naciste para la claridad
te fuiste no nacido.

Te perdiste sereno,
antes de mí,
y cubriste de siglos
la agonía de no verte.

No quisiste la orilla de la angustia
ni el por qué de unas horas que pasan lentamente
en la vida,
sin dejar un sollozo,
ni un recuerdo,
ni nada.

No quisiste la aurora.
No quisiste la muerte.
Rechazaste el olvido,
y en la flauta del aire avanzaste perpetuo.

No quisiste el amor en féretro de las olas
ni quisiste el silencio que deja el túnel breve
donde ha dormido el hombre.

Tuyo, inmensamente tuyo,
como naciste para la claridad
te fuiste no nacido,
nardo entre dos pupilas que no supieron nunca
separar el eco de la sombra.
Manantial sin rocíos lastimeros,
pie fértil caminando para siempre en la tierra.

Autora: Julia de Burgos


Mi pequeño Noah

Te volveré a ver, mi pequeño niño, en medio de las nubes del cielo
Veré tu rostro perfecto y tu sonrisa que jamás se apagó
Nunca conociste dolor, ¡oh qué gran gracia!
No vi tu rostro pero te amé desde lo profundo de mis entrañas
Encubierto estabas en mi vientre
Mi pequeño Noah, te esperaré una vida
Largos son los días en la tierra, inacabables los dolores
Mi juventud se irá, mis fuerzas se acabarán y junto con ellas, 
mi esperanza de verte aumentará con cada paso
Te veré, Noah, te veré
Espérame con los brazos abiertos
Te extraño con el alma
Mamá

miércoles, 9 de abril de 2014

What if?: Cuando hombres y mujeres quebramos los paradigmas de Barbie y Kent


Un amigo me preguntó si a las mujeres nos importa mucho la calvicie en los hombres. Estaba claramente preocupado por su situación y el impacto de ésta en su posibilidad de casarse algún día. Además de decirle que podría identificarse con Bruce Willis, asumiendo su calvicie con estilo y transformándola en parte de su sex appeal, me hizo reflexionar sobre los parámetros de belleza de hoy día y cómo afectan a hombres y mujeres por igual.

No voy a negarlo, a mí también me preocupa encontrarme dentro de lo que hoy se considera "atractivo". Es inherente a los seres humanos. Deseamos aceptación y cariño. Pero somos jueces y esclavos de estos parámetros creados por nosotros mismos. Vemos estrellas de Hollywood y modelos extremadamente photoshopeadas, alabamos su belleza y lanzamos un suspiro pensando muy adentro que nunca podremos ser como ellas. Lo irónico es que estas mismas estrellas se miran al espejo, sin maquillaje, sin joyas, sin vestidos de diseñador, y se ven a sí mismas imperfectas, deseando ser más jóvenes, con cuerpos de Barbie y Kent, y terminan yendo al quirófano por la misma razón que el resto de los mortales: deseamos aceptación y cariño. Deseamos encajar.

La realidad es que la inconformidad con uno mismo vende. Mientras más personas estén inconformes consigo mismas, más cirugías plásticas se realizarán, más productos de belleza se venderán, más gimnasios se abrirán, más píldoras para bajar de peso se consumirán y más estrellas continuarán siendo expuestas como parámetros casi inalcanzables de belleza para motivarnos a comprar. Un gigantesco ciclo que inicia una y otra vez.

Pero yo creo que una revolución es posible si empezamos con nosotros mismos. Dejemos de juzgarnos tanto y, ¡por favor!, dejemos de juzgar tanto a los demás. Se volvió una pésima costumbre tildar a los demás de gordos, narigones, pecosos, feos, calvos, como si no tuvieran otra característica más resaltante que los distinga.  Yo creo que es posible reprogramar nuestra forma de pensar. Se puede, empezando desde casa. Padres que construyen una identidad sana en sus hijos, que les dicen cada día lo increíblemente bellos que son, por dentro y por fuera. Padres que enseñan el valor de la bondad y cómo una sonrisa es su mejor carta de presentación, que les enseñan a amarse a sí mismos y a apreciar el verdadero valor de las personas. Pequeñas gotas en la mar de lo superficial que poco a poco cambian paradigmas.
  
Y para los que ya somos adultos, nos queda reconstruir nuestra identidad: dejando de juzgarnos tanto, aprendiendo a apreciar nuestra belleza externa, invirtiendo más tiempo en los valores que verdaderamente importan y haciendo lo mismo con la belleza de los demás. Una especie de reprogramación de nuestros pensamientos. Así de sencillo.

Sí, se puede. En algún momento ya pudimos apreciar la belleza de otras personas luego de conocerlas a fondo. Personas quienes, para la sociedad, no podrían ser consideradas bellas o perfectas. Si pudimos verlo en al menos una, podemos verlo en todas, y también en nuestro espejo.

Para quienes entiendan inglés, les dejo una escena de la película "Happythankyoumoreplease", donde la mujer desea terminar una relación con su compañero de trabajo antes de iniciarla, porque él no le parece atractivo, entonces él le pide que cierre los ojos y sólo escuche lo que tiene para decir. Como resultado de su discurso, ella abre los ojos y ve a un hombre distinto, mucho más atractivo, sólo porque permitió que, más allá de lo físico, le hablara al corazón. Interesante ejercicio: cerrar los ojos y ver a los demás con el corazón. Podría sorprendernos su belleza.

*Fotografía cedida por Summer Skyes 11 

martes, 1 de abril de 2014

¿Y si empezáramos a disfrutar más de las cosas?


Esos pequeños detalles que hacen de nuestra vida una explosión de colores, sonidos, texturas, aromas. Los utilizamos a diario. Forman parte de nuestras herramientas de back up de preciosos recuerdos acumulados minuto a minuto. De tan cotidianos, hemos olvidado que están ahí. Después de todo, ¿qué milagro podría representar abrir los ojos, escuchar una canción, sentir una caricia si todo el mundo lo hace?

Joanne Milne nos recordó que vivimos diariamente uno de esos tantos milagros. Debido a un problema congénito, ella nació sorda. Hoy, a través de unos implantes, puede escuchar. ¡Wow! ¿Qué tanto te impacta esta noticia? No mucho, tal vez. Después de todo, la ciencia ha avanzado y va cumpliendo su propósito como debía ser. 

Ahora mira a Joanne. Esta fue la primera vez que escuchó en su vida. Permítete estos minutos e intenta sentir lo que ella sintió.


Impactante, ¿no? Se me derramaron varias lágrimas y no creo ser la única. De alegría por ella y de tristeza por mí. Por haber perdido esa emoción por las cosas. Por no permitirme sorprenderme como antes lo hacía. Las cuentas que pagar y las ansias triviales han tomado su lugar. Pero Joanne me dio una lección. ¡Soy un milagro de Dios andante! Tengo 5 sentidos y 4 extremidades que funcionan a la perfección, una gran cantidad de órganos que no han fallado nunca y kilómetros de venas, arterias y nervios en increíble sincronía. ¿No es maravilloso? 

Es momento de dejar atrás las cargas cotidianas, esas que nos caracterizan como "adultos" y empezar a sorprendernos por las cosas, como cuando éramos pequeños. La sonrisa de un amigo. La textura de una hoja. La belleza de un día gris. No perdamos más tiempo. Es momento de volver a mirar las cosas con ojos exploradores, dispuestos a sorprendernos, es momento de volver a ser niños.

martes, 11 de junio de 2013

What if anger is just a waste of time?

¿Y si el enojo es sólo una pérdida de tiempo?

Hace unos días me enojé con Rubén porque él se compró una Burger King y me trajo pollo grillé con ensalada.

Antes que lo odien por ser tan malvado al maltratarme de esa manera o que crean que me lanzó fuerte y claro un: “comé sano, vaca gorda”, voy a contextualizar la situación. Media hora antes me había preguntado qué quería cenar para ir a comprarlo y liberarme de la tarea de cocinar (ya sólo por eso es mi superhero). Le respondí con un clásico: “algo liviano, ya comí mucho hoy”. El lo entendió como cualquier hombre lo entendería: de manera LITERAL. Fue, me compró lo que pedí (algo aburridamente liviano) y él se compró lo que quería comer, una Burger King. No había intención maliciosa en su compra. De lo contrario, estaba cargada de buenas intenciones, amor y comprensión. Pero cuando abrí la bolsa, explotó en mi interior una mezcla de sorpresa, decepción e ira. Estaba muy molesta, no porque me haya traído algo liviano, sino porque él se había comprado algo que a mí me gustaba y según mi razonamiento femenino, él DEBÍA haber entendido que si se compraba algo “rico”, DEBÍA haberme traído lo mismo.

Le hice lo que toda mujer digna de ser mujer haría: una buena dosis de cara larga junto con el ya ultra conocido “castigo del silencio”. El trataba de entender la razón de mi enojo, preguntando en voz alta si la ensalada que eligió no me gustaba o si la porción de pollo era muy grande. Finalmente, en un acto desesperado por arreglar la situación me ofreció la mitad de su hamburguesa a cambio de la mitad de mi cena. Permanecí indiferente comiendo majestuosamente hasta el último arroz del plato. Para mi vergüenza, debo admitir que me acosté enojada. Para las 3 de mañana ya había vuelto en mí la razón y me preguntaba por qué rayos había actuado de manera tan estúpida. Por supuesto, Rubén dormía a pierna suelta, sin rastros de que aquella situación le haya afectado si quiera un poco. Por la mañana, actuó como si nada hubiera pasado y me dio el espacio necesario para armarme de valor y pedir perdón.

Muchas lecciones podríamos aprender de mi pésimo accionar pero quisiera concentrarme en la tremenda lección que mi esposo me viene enseñando día a día. Esa actitud que tiene la mayoría de los hombres que sospecho, es innata, ya que les viene de regalo por parte de Dios cuando nacen: su tremenda habilidad de no agrandar la situación ni tampoco de guardar rencor. Dos pecados que cargamos las féminas, al menos las de occidente.

Nosotras tenemos por costumbre armar tremendo lío de una pequeñísima situación mientras que ellos pueden pasar por encima como si nada. Nosotras recordamos día, hora, clima y lo que tenía puesto la persona que nos dijo algo hiriente, mientras que ellos pueden discutir a gritos un segundo y al otro estar jugando un partido de fútbol como viejos amigos. Somos complejas por naturaleza y ellos simples. Nos molestamos porque lo toman todo literal y esperamos que lean entre líneas cuando podríamos decir en voz alta bien claro: “quiero comer una Burger King por más que me sienta culpable después”. Si le hubiera dicho al principio lo que realmente quería decir, me hubiera ahorrado una mala noche, mal sueño y una mala digestión. Pero lo que más me molesta, es que perdí valiosas horas de estar bien con Rubén. Imagínenlo. Podíamos haber hablado, reído, visto una película o cualquier otra cosa en esa noche. Pero perdí tiempo que ya no puedo recuperar.


De todas las lecciones que aprendí de esta situación es esa la más importante. El enojo es sólo una pérdida de tiempo. La vida es muy corta para desperdiciarla en castigos de silencio, rencor y discusiones. Así que a partir de hoy quiero ser un poco más como Rubén y disfrutar cada segundo de la persona que tengo a mi lado.